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El anuncio la semana pasada de que en efecto enviados de alto nivel
tanto de Nicolás Maduro como de Juan Guaidó habían participado en
conversaciones iniciales, en fase exploratoria, con representantes del
Ministerio de Relaciones Exteriores de Noruega, generó reacciones diversas.
Por un lado, la historia de intentos de diálogo fracasados y la
hiperbólica reacción de Maduro al recibir a sus enviados, genera un compresible
escepticismo. Algunos analistas críticos a una negociación, los cuales
prefieren mantener la estrategia de presión y quiebre frente al régimen de
Maduro, han pintado a Noruega como un actor tímido y potencialmente favorable a
la izquierda global. Por otro lado, algunas perspectivas más sobrias enfatizan
la neutralidad del mediador.
La neutralidad histórica de Noruega no puede confundirse con una
posición tenue de su gobierno frente a asuntos regionales y globales. En
términos de seguridad, Noruega es un aliado fundamental y de histórico peso en
la OTAN. Noruega tiene una de las dos fronteras territoriales entre esta
alianza militar y Rusia. La cercanía es tal que su antiguo Primer Ministro,
Jens Stoltenberg, del partido laborista, es el actual Secretario General de la
organización.
Más allá de esto, Noruega ha apalancado lo que en la teoría social
nórdica se ha denominado “geopolítica de los débiles”, centrándose en la
promoción de valores humanitarios, la mediación y el firme apoyo a la
multilateralidad. Esta línea de política exterior es conocida en Noruega como
la política de compromiso (engasjementspolitikken), especialmente alrededor de
temas de derechos humanos, equidad de género, protección medioambiental y
cambio climático.
Siendo un país pequeño, con una posición estratégica importante para
grandes potencias, en la época de la posguerra, Noruega se dedicó a cultivar la
autonomía y neutralidad frente a los diferendos globales, promotora de valores
humanitarios, pero siempre aliada a Estados Unidos y pieza clave en la
seguridad del Atlántico Norte.
El interés de cultivar la autonomía ha llevado a Noruega a ser un actor
clave en procesos de negociación y mediación internacional. En términos de
política exterior, estos valores cuentan con un consenso multipartidista en
Noruega, permitiéndole ganar espacios de influencia y prestigio en la promoción
de soluciones pacíficas a conflictos internacionales.
Ahora bien, esta historia se vive en un contexto específico. El actual
gobierno de la Primera Ministra Erna Solberg está encabezado por el partido
conservador (høyre, literalmente “derecha”) y lo acompañan el partido de
derecha nacionalista Partido del Progreso (fremskittspariet), la democracia
cristiana noruega (Kristelig Folkeparti) y el partido liberal venstre. Pese a
lo que han comentado analistas escépticos a una salida negociada desde Oslo, de
ninguna manera se podría considerar esta coalición como un gobierno
filomarxista con sensibilidades favorables al Foro de Sao Paulo.
El tema venezolano, aunque ha recibido atención en los medios locales,
no representa un asunto de interés para la política local. Ninguna coalición en
Noruega ganaría elecciones o haría campañas electorales sobre la base de lo que
ocurra en Venezuela. Por su parte, la política petrolera noruega está
actualmente enfocada en debates relacionados al cambio del patrón de extracción
e inversiones del Fondo Petrolero para mitigar sus efectos en el calentamiento
global. La fluctuación de la producción venezolana o las posibles inversiones
de la compañía petrolera noruega en Venezuela no determinan los objetivos de la
política exterior del parlamento.
El equipo del Ministerio de Relaciones Exteriores que lleva adelante
los mecanismos de negociación para la paz es un equipo primordialmente técnico,
con cierta autonomía del gobierno. Su Director General, Dag Nylander, es un
diplomático de carrera encargado de llevar adelante la mediación noruega en el
proceso de paz en La Habana entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La experiencia reciente de
La Habana no implica que ésta será una plantilla para un proceso como el
venezolano, pero las relaciones establecidas a lo largo de años con los
distintos actores pueden aportar confianza entre las partes. En este caso, los
intentos recientes de Canadá de establecer puentes con Cuba para incluir al
gobierno de Miguel Díaz-Canel en la solución del caso venezolano es una señal
importante que puede sumar fortalezas a una negociación encabezada, en parte,
por Noruega.
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