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Catherine M. de Oliveira Palacios - @CathydeOliveira
De acuerdo con intelectuales que consideran que sería útil
un cambio de régimen político en América Latina para solventar la crisis, como
el politólogo chileno Arturo Valenzuela y el fallecido politólogo español Juan
Linz (nacido en Bonn, Alemania), el presidencialismo es el gran responsable de
la inestabilidad política y, por ello, sería útil un tránsito hacia un régimen
político que garantice la estabilidad y la democracia: el parlamentarismo. No
hay una igualdad y una separación de poderes real en América Latina, pues el
Ejecutivo ha predominado sobre el resto.
Después de redactada y entrada en vigencia la Constitución
venezolana de 1999 y de haberse pasado “de una democracia representativa a una
democracia participativa y protagónica”, en Venezuela no parece haberse
resuelto el problema de la pobreza y la crisis de inestabilidad política, pues la Carta Magna lo que ha
hecho más bien es fortalecer el régimen político presidencial: el poder de uno
solo. Se pasó de un presidencialismo a un hiperpresidencialismo, con rasgos
personalistas y autoritarios.
Por lo que con este sistema hiperpresidencialista inaugurado
con la Constitución
de 1999, que pretendió aproximarse a un semipresidencialismo, pero no lo logró,
se pueden -y de hecho se dan-, dos escenarios: 1) el presidente resulta ser de
un partido, y la mayoría de los diputados de la Asamblea Nacional
de otro, por lo que esto se convierte en un obstruccionismo. 2) El presidente
resulta ser del mismo partido que la mayoría de los diputados de la Asamblea Nacional ,
por lo que el primero gobierna sólo en interés del grupo gobernante,
olvidándose del interés general del conjunto de los venezolanos. Si el
presidente cuenta con mayoría en la Asamblea Nacional
los controles no se ejercen por lealtad partidista.
Con respecto al primer escenario, la Constitución de 1999
previó una solución rígida con la creación de la figura del vicepresidente de la República , que no cumple
grandes funciones políticas, dado que tanto la jefatura de Estado como la
jefatura de Gobierno siguen estando concentradas en el presidente de la República. La
mayoría de los diputados de la Asamblea Nacional pueden emitir un voto de
censura y destituir al vicepresidente. No obstante, como quien verdaderamente
tiene la jefatura de gobierno es el presidente de la República , no requiere
de un voto de confianza para permanecer en el poder (como en los regímenes
parlamentarios). Esta destitución del vicepresidente no resuelve nada. Además, la Constitución de 1999
prevé que con tres votos de censura emitidos hacia la figura del vicepresidente
en un mismo período presidencial, el presidente tiene la potestad de disolver la Asamblea Nacional.
Por lo que este mecanismo no constituye una limitación de poder real al
presidente.
El régimen presidencial venezolano con la Constitución de 1999
no se flexibilizó del todo, porque la mayoría de diputados de la Asamblea Nacional
no pueden destituir al presidente, que es el que tiene la verdadera jefatura de
gobierno, a través de una moción de censura. El problema de los sistemas
presidenciales es que no tienen mecanismos lógicos para consolidar la
cooperación entre poderes.
Además, con la eliminación de la antigua Cámara del Senado
con la entrada en vigencia de la Constitución de 1999, el presidente puede
autorizar el ascenso de los altos rangos militares de forma autónoma, sin
contar con la aprobación de la
Cámara Alta como era anteriormente. Lo cual contribuye a
fortalecer el presidencialismo con rasgos personalistas y autoritarios, en
perjuicio de la estabilidad democrática.
Otro inconveniente de los regímenes políticos presidenciales
es que cuentan con períodos de gobierno rígidos, es decir, una vez electos los
presidentes no es posible salir de ellos hasta que culmine su período
presidencial, generando una situación de inestabilidad y crisis. Problema que
trató de “resolver” la
Constitución de Venezuela de 1999 con la figura del
referéndum revocatorio.
Dice Arturo Valenzuela que cuando el presidente no logra
tener mayoría parlamentaria, se produce lo que Juan Linz llamó “la pugna de
doble legitimidad”, entre un presidente que se cree el verdadero representante
del conjunto de la población y un parlamento que reivindica también esa
legitimidad.
Valenzuela cree que en el presidencialismo la tendencia es
hacia el bipartidismo, pues el botín se lo lleva uno solo, entonces se produce
una tendencia a aglutinar las fuerzas sociales para tratar de conseguir el
premio: la Presidencia
de la República.
Según Valenzuela, en la historia política de América Latina,
dado que los presidentes han tenido tantos problemas con los parlamentos, la
tendencia no ha sido a crear mecanismos para una mejor interlocución entre el
presidente y el parlamento, sino más bien a darle más facultades al presidente,
que en el fondo le permiten gobernar por decreto, y lo que ocurre es que
incentivan una cierta rigidez en la relación del presidente con el parlamento.

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