miércoles, 24 de agosto de 2016

Desgaste y desviación de los regímenes presidenciales – El Mundo Economía y Negocios

Fuente Web
Catherine M. de Oliveira Palacios - @CathydeOliveira

De acuerdo con intelectuales que consideran que sería útil un cambio de régimen político en América Latina para solventar la crisis, como el politólogo chileno Arturo Valenzuela y el fallecido politólogo español Juan Linz (nacido en Bonn, Alemania), el presidencialismo es el gran responsable de la inestabilidad política y, por ello, sería útil un tránsito hacia un régimen político que garantice la estabilidad y la democracia: el parlamentarismo. No hay una igualdad y una separación de poderes real en América Latina, pues el Ejecutivo ha predominado sobre el resto.

Después de redactada y entrada en vigencia la Constitución venezolana de 1999 y de haberse pasado “de una democracia representativa a una democracia participativa y protagónica”, en Venezuela no parece haberse resuelto el problema de la pobreza y la crisis de inestabilidad política, pues la Carta Magna lo que ha hecho más bien es fortalecer el régimen político presidencial: el poder de uno solo. Se pasó de un presidencialismo a un hiperpresidencialismo, con rasgos personalistas y autoritarios.

Por lo que con este sistema hiperpresidencialista inaugurado con la Constitución de 1999, que pretendió aproximarse a un semipresidencialismo, pero no lo logró, se pueden -y de hecho se dan-, dos escenarios: 1) el presidente resulta ser de un partido, y la mayoría de los diputados de la Asamblea Nacional de otro, por lo que esto se convierte en un obstruccionismo. 2) El presidente resulta ser del mismo partido que la mayoría de los diputados de la Asamblea Nacional, por lo que el primero gobierna sólo en interés del grupo gobernante, olvidándose del interés general del conjunto de los venezolanos. Si el presidente cuenta con mayoría en la Asamblea Nacional los controles no se ejercen por lealtad partidista.

Con respecto al primer escenario, la Constitución de 1999 previó una solución rígida con la creación de la figura del vicepresidente de la República, que no cumple grandes funciones políticas, dado que tanto la jefatura de Estado como la jefatura de Gobierno siguen estando concentradas en el presidente de la República. La mayoría de los diputados de la Asamblea Nacional pueden emitir un voto de censura y destituir al vicepresidente. No obstante, como quien verdaderamente tiene la jefatura de gobierno es el presidente de la República, no requiere de un voto de confianza para permanecer en el poder (como en los regímenes parlamentarios). Esta destitución del vicepresidente no resuelve nada. Además, la Constitución de 1999 prevé que con tres votos de censura emitidos hacia la figura del vicepresidente en un mismo período presidencial, el presidente tiene la potestad de disolver la Asamblea Nacional. Por lo que este mecanismo no constituye una limitación de poder real al presidente.

El régimen presidencial venezolano con la Constitución de 1999 no se flexibilizó del todo, porque la mayoría de diputados de la Asamblea Nacional no pueden destituir al presidente, que es el que tiene la verdadera jefatura de gobierno, a través de una moción de censura. El problema de los sistemas presidenciales es que no tienen mecanismos lógicos para consolidar la cooperación entre poderes.

Además, con la eliminación de la antigua Cámara del Senado con la entrada en vigencia de la Constitución de 1999, el presidente puede autorizar el ascenso de los altos rangos militares de forma autónoma, sin contar con la aprobación de la Cámara Alta como era anteriormente. Lo cual contribuye a fortalecer el presidencialismo con rasgos personalistas y autoritarios, en perjuicio de la estabilidad democrática.

Otro inconveniente de los regímenes políticos presidenciales es que cuentan con períodos de gobierno rígidos, es decir, una vez electos los presidentes no es posible salir de ellos hasta que culmine su período presidencial, generando una situación de inestabilidad y crisis. Problema que trató de “resolver” la Constitución de Venezuela de 1999 con la figura del referéndum revocatorio.

Dice Arturo Valenzuela que cuando el presidente no logra tener mayoría parlamentaria, se produce lo que Juan Linz llamó “la pugna de doble legitimidad”, entre un presidente que se cree el verdadero representante del conjunto de la población y un parlamento que reivindica también esa legitimidad.

Valenzuela cree que en el presidencialismo la tendencia es hacia el bipartidismo, pues el botín se lo lleva uno solo, entonces se produce una tendencia a aglutinar las fuerzas sociales para tratar de conseguir el premio: la Presidencia de la República.

Según Valenzuela, en la historia política de América Latina, dado que los presidentes han tenido tantos problemas con los parlamentos, la tendencia no ha sido a crear mecanismos para una mejor interlocución entre el presidente y el parlamento, sino más bien a darle más facultades al presidente, que en el fondo le permiten gobernar por decreto, y lo que ocurre es que incentivan una cierta rigidez en la relación del presidente con el parlamento.

La Constitución de Brasil de 1988 consagra el sistema presidencialista, en el cual el primer mandatario ejerce el poder Ejecutivo con auxilio de los ministros, sometido al control del Congreso Nacional, Consejo de la República y Consejo de Defensa Nacional. Posteriormente se incluyó una disposición transitoria, según la cual el electorado definiría a través de un plebiscito el sistema de gobierno a regir: dicha consulta popular y obligatoria es el acercamiento de mayor importancia en el intento por establecer un sistema parlamentario en América Latina (de acuerdo con Carlos Ayala Corao, en su texto El Régimen Presidencial en América Latina y los planteamientos para su reforma).

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