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| Fuente Web |
Nicholas Casey, el cronista de The New York Times que
desembarcó en Venezuela hace unos meses para narrar la experiencia de la crisis
que atraviesa el país, ha invertido buena parte de su tiempo hurgando en casos
que están fuera del radar de los medios nacionales.
La hemorragia de malas noticias que colapsa los canales
informativos superpone a diario una serie hechos que convierten los grandes
temas (la contaminación ambiental, el terrorismo, el paramilitarismo, la
desnutrición, el SIDA, el embarazo precoz, entre otros) en apenas un destello
de titulares que son desplazados con facilidad por el choque de poderes que
registra la fuente política y el colapso que van reseñando los reporteros de
economía.
Casey se sumergió en las entrañas de la selva venezolana para
escribir sobre la fiebre del oro, hoy más viva que nunca. En su trabajo,
publicado el 16/08/16, cuenta las características de la vida en los campamentos
de la minería ilegal controlada por grupos paramilitares que instauraron su
propia ley para garantizar esta actividad por demás lucrativa a expensas de la
destrucción de miles de kilómetros de bosque virgen en el corazón verde de
América.
“Aquí se encuentran meseros, oficinistas, taxistas,
profesores universitarios y hasta funcionarios públicos que están de vacaciones
y salen a cribar oro para el mercado negro, bajo la supervisión de un grupo
armado que les impone tarifas y los amenaza con amarrarlos a los postes si
desobedecen”, relata Casey. Buena parte del estado Bolívar y del Amazonas
venezolano está intervenida por un gobierno paralelo que convoca a personas de
todo el territorio nacional en busca de migajas del tesoro posible.
Como consecuencia, la minería ilegal ha expandido una
epidemia de malaria (o paludismo) a niveles no registrados desde hace 75 años.
Venezuela fue el primer país del mundo en erradicar la malaria. Lo hizo cuando
su joven democracia era referente en la región, en 1961, y antes de que lo
lograra EEUU y otras naciones desarrolladas. Pero la Revolución Bolivariana
de Hugo Chávez permitió que la enfermedad regresara por la revancha.
Según el trabajo de Casey “en 2016 los médicos aseguran que
hay escasez de casi todos los fármacos para combatir la malaria, sobre todo de
un coctel de medicamentos para contrarrestar la Plasmodium falciparum,
una cepa mortífera cuyo remedio apenas cuesta un dólar por dosis”. El año
pasado se registraron 136 mil casos de malaria en el país. El gobierno ha
guardado silencio al respecto mientras se agrava minuto a minuto la escasez de
medicamentos para abordar estas y otras enfermedades.
La minería ilegal sigue en expansión, destruyendo la selva
venezolana y condenando el futuro del país. En paralelo, el gobierno de Nicolás
Maduro impulsa el desarrollo de un plan de explotación de minerales a gran
escala en el “Arco Minero del Orinoco”, una zona de unos 111.846 km² (casi el
doble de la Faja
Petrolífera del Orinoco) con inmensas reservas de oro,
diamante, coltán, hierro y otros minerales.
Con esta acción, que ya lleva en agenda una serie de
acuerdos y contratos (no avalados por la Asamblea Nacional )
por 4.500 millones de dólares con China, Rusia, El Congo, Arabia Saudita,
Sudáfrica, Canadá, Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Suiza, el chavismo
busca “diversificar la economía” en los términos del Socialismo del Siglo XXI:
pasar del Estado dependiente del petróleo en primera instancia y la minería en
segunda instancia, al Estado dependiente de la minería en primera instancia y
del petróleo en segunda instancia.
Todo esto pareciera el invento de una novela de Orwell, una
creación fantástica propia de una imaginación fecunda, pero es tan real como
dramático.

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