Dos rasgos sorprendentes surgen de las audaces aventuras
relatadas en el número de “Le Journal de l’École de Paris du management”: la
impresionante determinación desplegada por sus héroes para llevar a cabo sus
proyectos y la singularidad del contenido de dichos proyectos.
Philippe Aubert, con
una discapacidad física extrema, se
traza un camino de vida que envidiarían bien jóvenes que no sufren de
discapacidad alguna: tres jóvenes ingenieros desafían firmas sólidamente
establecidas y se lanzan en el negocio de cascos en polímeros; una modesta ETI
francesa y familiar, especializada en el mercado de punta de productos para
dentistas, conquista el planeta; Renault se involucra en una renovación radical
de la forma de fabricar automóviles; una periodista se introduce en un gran medio radiofónico
para contar aventuras fuera de la normas.
Leer más sobre Philippe Aubert en nuestra publicación:
“Me empeño en ser un hombre: un ciudadano responsable con plena autonomía”
¿Cómo han escogido sus objetivos? Sobre este punto, el
aporte de René Girard, de la Academia Francesa (1923-2015) desaparecido
recientemente, es decisivo. Él muestra
que cada uno desea eso que otros han deseado antes que él. Un objeto se vuelve deseable por
mimetismo. De esta premisa, el ha
extraído un análisis genial de las
novelas del siglo XIX en Mentira
romántica y verdad novelesca (1961).
Girard llama mediador a aquél que suscita el deseo mimético,
de suerte que todo deseo está compuesto por un triángulo, constituido por
el objeto deseado, el sujeto que desea y
el mediador. En el caso de Philippe
Aubert, el mediador es a toda evidencia su padre Jean-Pierre, quien ha llevado
una carrera ejemplar como alto funcionario dedicándose así mismo en cuerpo y
alma al éxito de su hijo. En los otros
ejemplos mencionados anteriormente, distintos
al de Philippe Aubert, la influencia del
ambiente inmediato sobre las elecciones de los actores, es evidente.
René Girard ha enunciado las consecuencias de este modelo en
numerosas obras con títulos evocadores tales como La violencia y lo sagrado
(1972) o El chivo expiatorio (1982). La
violencia se explica, según él, por el hecho de que la relación entre el
sujeto y el mediador es por naturaleza
de rivalidad, que puede convertirse en confrontación. En cuanto a la víctima emisaria, ella aparece
cuando los sujetos que desean se vuelven numerosos; el producto del conflicto
generalizado resultante es una concentración de toda esta violencia sobre un
objeto deseado por todos y masacrado en común.
Eso que es más misterioso, punto que Girard deja en la
sombra, es el motor que mueve a todos esos actores a desplegar una energía que acaba con todas las resistencias, con todos los
obstáculos, con todos los inconvenientes para alcanzar sus fines. Todos aquéllos que han estado sometidos a la
prueba de dialogar con una persona deprimida saben que en general nada le
convence de reencontrar el coraje. Al
contrario, la voluntad de vivir se impone, como una evidencia que no resulta de
ningún razonamiento.
El filósofo Alain lo ha expresado con una fuerza
impresionante: “Vivir, es desear vivir.
Toda vida es un canto de dicha.
La vida es buena en si misma, el razonamiento no le hace nada. Uno es feliz porque uno es feliz. La felicidad es el sabor propio de la
vida… ver, oír, oler, degustar, no es
sino una secuencia de alegría. El suelo
es bueno; la lluvia es buena, todo ruido es música. Al igual que las penas, aún la fatiga, todo
esto tiene un sabor de vida. Existir es
bueno, no mejor que otra cosa: pero existir es “todo” y no existir no es
“nada”. Como la fresa tiene el gusto de
la fresa, la vida tiene el gusto de la alegría”.
Todo lo que uno puede decir sobre esto, es que es un
sentimiento contagioso, como el deseo mimético.
Un niño muy pequeño que se carcajea libera una irrefutable lección de
felicidad. Así que hace falta sin duda
comprender que Dios bendice a las familias numerosas.

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