jueves, 25 de agosto de 2016

Voluntad de vivir y deseo mimético - Claude Riveline – Revista Idées

Dos rasgos sorprendentes surgen de las audaces aventuras relatadas en el número de “Le Journal de l’École de Paris du management”: la impresionante determinación desplegada por sus héroes para llevar a cabo sus proyectos y la singularidad del contenido de dichos proyectos.
Philippe Aubert,  con una discapacidad  física extrema, se traza un camino de vida que envidiarían bien jóvenes que no sufren de discapacidad alguna: tres jóvenes ingenieros desafían firmas sólidamente establecidas y se lanzan en el negocio de cascos en polímeros; una modesta ETI francesa y familiar, especializada en el mercado de punta de productos para dentistas, conquista el planeta; Renault se involucra en una renovación radical de la forma de fabricar automóviles; una periodista  se introduce en un gran medio radiofónico para contar aventuras fuera de la normas.

Leer más sobre Philippe Aubert en nuestra publicación: 

“Me empeño en ser un hombre: un ciudadano responsable con plena autonomía”


¿Cómo han escogido sus objetivos? Sobre este punto, el aporte de René Girard, de la Academia Francesa (1923-2015) desaparecido recientemente, es decisivo.  Él muestra que cada uno desea eso que otros han deseado antes que él.  Un objeto se vuelve deseable por mimetismo.  De esta premisa, el ha extraído un análisis  genial de las novelas  del siglo XIX en Mentira romántica y verdad novelesca (1961).

Girard llama mediador a aquél que suscita el deseo mimético, de suerte que todo deseo está compuesto por un triángulo, constituido por el  objeto deseado, el sujeto que desea y el mediador.  En el caso de Philippe Aubert, el mediador es a toda evidencia su padre Jean-Pierre, quien ha llevado una carrera ejemplar como alto funcionario dedicándose así mismo en cuerpo y alma al éxito de su hijo.  En los otros ejemplos mencionados anteriormente,  distintos al  de Philippe Aubert, la influencia del ambiente inmediato sobre las elecciones de los actores, es evidente.

René Girard ha enunciado las consecuencias de este modelo en numerosas obras con títulos evocadores tales como La violencia y lo sagrado (1972) o El chivo expiatorio (1982).  La violencia se explica, según él, por el hecho de que la relación entre el sujeto  y el mediador es por naturaleza de rivalidad, que puede convertirse en confrontación.  En cuanto a la víctima emisaria, ella aparece cuando los sujetos que desean se vuelven numerosos; el producto del conflicto generalizado resultante es una concentración de toda esta violencia sobre un objeto deseado por todos y masacrado en común.

Eso que es más misterioso, punto que Girard deja en la sombra, es el motor que mueve a todos esos actores a desplegar una energía que acaba  con todas las resistencias, con todos los obstáculos, con todos los inconvenientes para alcanzar sus fines.  Todos aquéllos que han estado sometidos a la prueba de dialogar con una persona deprimida saben que en general nada le convence de reencontrar el coraje.  Al contrario, la voluntad de vivir se impone, como una evidencia que no resulta de ningún  razonamiento.

El filósofo Alain lo ha expresado con una fuerza impresionante: “Vivir, es desear vivir.  Toda vida es un canto de dicha.  La vida es buena en si misma, el razonamiento no le hace nada.  Uno es feliz porque uno es feliz.   La felicidad es el sabor propio de la vida…  ver, oír, oler, degustar, no es sino una secuencia de alegría.  El suelo es bueno; la lluvia es buena, todo ruido es música.  Al igual que las penas, aún la fatiga, todo esto tiene un sabor de vida.  Existir es bueno, no mejor que otra cosa: pero existir es “todo” y no existir no es “nada”.  Como la fresa tiene el gusto de la fresa, la vida tiene el gusto de la alegría”.


Todo lo que uno puede decir sobre esto, es que es un sentimiento contagioso, como el deseo mimético.  Un niño muy pequeño que se carcajea libera una irrefutable lección de felicidad.  Así que hace falta sin duda comprender que Dios bendice a las familias numerosas.

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